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PEDRO DE CAMPROBÍN (Almagro, Ciudad Real, 1605 - Sevilla, 1674)
Pareja de floreros en jarrones de bronce

 

Pareja de óleos sobre lienzo. 90,2 x 71,5 cm. y 95 x 71 cm.
Firmados.
El primero, con etiqueta al dorso del Ministerio de Cultura, de la exposición El bodegón español desde el siglo XVI a Goya. Coleccionista: José María Barraca Sipán, y otra de exposición en Japón.



Literatura:
Pérez Sánchez, A. E., Pintura española de bodegones y floreros de 1600 a Goya, Museo del Prado, 1983, p. 88, nº 61.

La justa fama de Pedro de Camprobín se prolongó a lo largo del siglo XVIII de tal manera que, en el comienzo del siglo XIX, el erudito Juan Antonio Ceán Bermúdez seguía citándolo: "la ligereza con que dibuxaba las flores, frutas y confituras Pedro de Camprobín, competidor de Arellano y Vanderhamen" (Ceán, 1806, págs. 118 y 119).


Para Peter Cherry, en la década entre 1650 y 1650, "empezó a pintar de una manera más meticulosa y comenzó a emplear cada vez con más frecuencia una técnica de barnizado para definir las formas y modular la luz de sus cuadros" (Arte y Naturaleza. El Bodegón español en el Siglo de Oro, Fundación de apoyo 1999, pág. 265). De esta manera, llegó a ser el primero de los especialistas en pintura de flores en Sevilla en la segunda mitad del siglo XVII.


Al decir del especialista, "en sus pinturas de flores, Camprobín establecía un cuidado equilibrio entre la copiosidad y la moderación. Sus pinturas no presentan la cantidad y variedad de flores de, por ejemplo, Juan de Arellano, y evitaba llenar de flores el campo pictórico completo. En sus obras, las flores se presentan rodeadas de aire y de espacio, y la luz que las ilumina es suave, apagando los colores de las flores y cayendo sobre la pared trasera. La extraña belleza de las piezas florales de Camprobín y la atmósfera de calma que evocaban eran, evidentemente, cualidades muy apreciadas por sus clientes" (pág. 267).

 

Sobre el primero de los bodegones, escribió Pérez Sánchez lo siguiente: "Ejemplo excelente del arte refinado y sutil de Camprobín que, partiendo de la precisión objetiva de las composiciones de principios de siglo, encuentra en su madurez un lenguaje propio, hecho de un sutil equilibrio entre el volumen, que se define con precisión por un juego luminoso que no renuncia a recursos del tenebrismo, al arabesco lineal de tallos y flores, y la elegancia del color, mantenido siempre en una gama reducida, sobre la que hace cantar tonalidades claras y enteras. Son constantes también sus jarrones metálicos, gallonados y decorados con cartelas y chatones, de los que éste es un buen ejemplo" (pág. 88; il. 61). 

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